Hace muchos años, antes de que el mundo fuera lo que es hoy, el campo era una vasta región de tierra virgen por donde una vez cada demasiado tiempo alguien pasaba. Antes de que todo se hiciera ciudad de altos rascacielos de más de cuarenta pisos, antes de que los autos volaran y los árboles en las calles se hicieran una incómoda rareza de un pasado perdido, era el mundo un lugar de amplios espacios de tierra verde.

_¿En serio?

_Sí.

_Pero, ¿en serio? ¿Los autos no volaban?

_No. Estoy muy segura de que en la escuela te habrán enseñado sobre los dinosaurios, las civilizaciones antiguas y la vieja historia de los países. Pero lo que pasan por alto, lo que todos evitan y sólo mencionan puertas adentro, es la Historia del Medio. No es el presente ni el pasado sino lo que hubo entre ambos.

Antes, se necesitaba un día entero para ir a Europa.

Se requerían varios días para recorrer todo un país y muchos más, todo un continente. Antes se escuchaba de pequeños monasterios y pueblos perdidos por el Tíbet. Se sabía de artistas que se iban al medio de la nada para inspirarse y llevar en paz una existencia solitaria e invocar a las musas. Centenares de pueblitos estaban dispersos por la Patagonia, prácticamente incomunicados y algunos con menos de treinta habitantes. Podía irse uno a la montaña y contemplar valles, ríos y picos que aislaban a pequeñísimas ciudadelas cuyo corazón lo conformaban un hotel, un quiosco y dos casas de dos pisos, no más.

Pero un día, nadie sabe la fecha exacta para tan catastrófico acontecimiento, a un grupo de socios se le ocurrió una idea. Eran todos, excepto uno, hombres rechonchos de baja estatura, con expresiones porcinas y pelo canoso. El otro era una mujer, muy hermosa y brillante, pero sin escrúpulos. Eran todos más que peces gordos, eran enormes tiburones poderosos cansados de nadar en peceras tan pequeñas. Querían más, querían todo. Este grupo de socios, dueños de dos constructoras, una telefónica y treinta heladerías discutía las finanzas de la empresa. Mientras comían helados de frutilla y chocolate, cada uno fue aportando ideas hasta que se toparon con uno de los planes más descabellados de la centuria, perdón, de la Historia: achicarían el mundo.

_¿Achicar el mundo? ¿Se puede?

_Sí, y lo hicieron. Es lo poco que ves hoy a tu alrededor.

(Los niños miran a un lado y al otro y sí, efectivamente el departamento parece pequeño y las ventanas sólo muestran ladrillos)

Sirena, así se llamaba la mujer, llevaba la voz cantante. La idea comenzó como un chiste, una idea peregrina que fue tomando cada vez más forma y entidad propia. Superaba todo lo que podrían haber soñado hacer nunca. Era perfecto. Bajo el lema: “Acortar distancias”, salvarían sus dos constructoras en decadencia y expandirían aún más su ya conocida empresa de comunicaciones. Era algo ambicioso, pero brillante. Las constructoras se encargarían de achicar, amoldar y lo que sea que fuera necesario para acercar una ciudad a la siguiente, un pueblo al otro, la montaña al mar, el desierto a la selva. La telefónica comunicaría la idea y los avances de una forma amigable y accesible, soltando con cuentagotas los beneficios de tal empresa, todo como si la idea hubiera nacido de la gente misma. Prometían una galaxia de ideas vagas que cada uno fabricaba en su cabeza como un beneficio fabuloso para sí mismo.

_¿Y las heladerías?

_¿Qué?

_Faltan las heladerías. ¿Qué iban a hacer las heladerías?

_Las heladerías… bueno, pues ellas se seguirían encargadas de dar helados.

Para hacer todo esto, sin embrago, necesitaban millones de billones de capital del cual no disponían. Fue Sirena la encargada de poner toda su mente, y su cuerpo si era necesario, para conseguirlo. Además del capital, claro, necesitaban hacerse todas las averiguaciones científicas pertinentes.

Conseguido apenas un octavo del capital que habían estimado, lo invirtieron todo en el aspecto científico del proyecto. Una vez completas las averiguaciones, había que desarrollar la tecnología que hiciera realidad sus planes. Vendieron los socios sus casas, autos, joyas, aunque no abandonaron toda comodidad, no podían parecer un mendigos ante los futuros inversores y supervisores que salían de sus cuevas llenas de tubos de ensayo para ver la luz y descubrir allí las sinuosas curvas de la ambiciosa asociada. Es llamativo porque dicen que nadie podía encontrar, frente a ella, un pero que valiera o una prueba que demostrara que estaba equivocada, que estaban todos llevándonos hacia lo incierto y lamentable.

Desarrollada entonces la tecnología para tal proyecto con los sellos de aprobación necesarios, había ahora que masificar e implantar la noticia. Los mejores agentes de publicidad fueron contratados por Sirena con la promesa de un gran sueldo… cuando todo acabara. Los convenció. La empresa de comunicaciones, la antigua telefónica, ahora un conglomerado de medios de comunicación, había empezado poco a poco a meter en la cabeza de la gente la idea de que las distancias eran demasiadas. El mensaje pasó a ser más agresivo: “ahora o nunca”. Ellos eran el correo, las torres de teléfono e internet, pero el plan se había puesto en marcha y no vieron, o no quisieron, inmersos como estaban en el frenesí de fagocitar todo a su alrededor, ver que ya habían recuperado buen parte de lo que creían que era terreno perdido en sus ganancias. En todos lados y por todos lados se emitía el mismo mensaje: acortar las distancias salvaría vidas, acercaría familias, ahorraría tiempo. Lo único que tenía cada país que hacer era contribuir con una modesta paga, para nada comparable, claro, con el beneficio que irían a obtener. Poco a poco las clases más bajas fueron conquistadas. La gente en el campo fue convencida y los de la ciudad comprados con promesas de grandes avances tecnológicos y nuevas comodidades para ellos.

_¿Así que todos estaban de acuerdo? Digo, ¿nadie dijo que no a eso de acortar el mundo? ¿No les sonó raro?

_Claro que sí. Claro que no. Millones de ambientalistas a nivel global se opusieron pero, o eran ignorados o, ante la gran oposición de sus compatriotas, desmoralizados cambiaban de opinión. También estaban los artistas y aquellos ya extraños seres de pueblo que hablaban con la sabiduría de la tierra y las nervaduras vivas de las hojas y que amaban observar el paisaje, sentir la naturaleza. Pero éstos últimos fueron burdamente hechos a un lado e ignorados por completo. Eran soñadores, sostenían todos, y sólo se dedicaban a atrasar el inevitable e inminente progreso. Las mentes más brillantes y los hombres más sesudos se vieron arrastrados por los prismas del Progreso que destellaban luces de todos los colores y en todas las direcciones. Asistían a programas de televisión y debatían, aunque sin debatir, sobre el tema, pues estaban todos de acuerdo.

Al principio, los Estados no estaban convencidos, no querían realmente gastar semejante suma, pero fue la gente enceguecida que clamó por el sí. Y lo consiguieron. Y las obras empezaron.

A cada sierra, océano, mar y río llegaron los escuadrones con la maquinaria y el equipamiento correspondiente. Cada ruta, espacio verde, espacio libre e innecesario fue desenterrado y sacado.

_¿Sacado a dónde?

_Ernesto, el amor de Sirena, tuvo la brillante idea de hacer de los “excedentes” de planeta, desecho planetario. Cada dos o tres meses veíamos lo que se llamaron “descargas verticales planetarias” y grandes masas pasaban de un momento a otro a flotar al azar, más allá de la atmósfera terrestre, lejos de donde pudieran presentar una amenaza si reingresaban a nuestra órbita.

Para entonces, Sirena había logrado reunir tres cuartos más del capital. Ochenta países ya se habían adherido y en cada continente, quienes no lo habían hecho todavía, entraron en guerra y se endeudaron terriblemente. Gente moría en los conflictos: quienes estaban en contra se identificaron como los azules, y aquellos a favor, naranjas. Murieron miles en las “descontrucciones”. Y fue en una de estas desconstrucciones que Ernesto también murió. Habíase parado imprudentemente cerca de un precipicio a cerrar y un viento muy fuerte lo arrastró y tiró dentro. “Muerto y enterrado”, dijo Sirena en lágrimas, y la pena que la pérdida le causó hizo que se retirara del proyecto. Todos los diarios y revistas cubrieron la noticia. En su casa, acompañada por un vaso de alcohol sin hielo y una pistola, amagó a suicidarse, y habiéndose dado cuenta del error que había cometido, vendió todo y se unió ferviente a los azules.

Habiendo acortado distancias, no teníamos que recorrer tanto trecho inútil sin sentido. Ahora las muestras de laboratorio iban de un lado a otro en la mitad de tiempo: se encontraron nuevas curas para enfermedades viejas y no tan viejas. La expectativa de vida aumentó y cada vez era más y más gente que no había dónde ponerla. Y se construyeron edificios sobre edificios y hubo derrumbes porque algunos eran muy viejos. Las familias se veían más seguido, y aquellos hermanos o primos que no se toleraban se tuvieron que ver a la fuerza y fue peor. Los perros extrañaron las veredas llenas de árboles, los cuales no crecían porque los edificios tan altos no dejaban llegar la luz del sol, y murieron. Y muchos nenes lloraban porque sus perros a la semana de comprarlos ya habían muerto. De la misma manera que avanzó la medicina, avanzó la tecnología de lujo y la pelea por ser poseerla. Los más poderosos querían tener el incomparable lujo de ser dueño de un pedazo de atardecer, y compraban departamentos en los pisos más altos de cada edificio. Y como cada nuevo edificio tapaba al de al lado, entonces el primero se derribaba y se volvía a construir, más alto todavía. La calle fue una noche eterna, y los autos comenzaron a volar.

En doce años la tarea fue completada. Las tres pirámides de Egipto habían llevado más tiempo. Fue entonces que, poquito a poquito, aparecieron grietas, fallas en este nuevo mundo más chico. La gente empezó a extrañar las praderas y el verde. Extrañamos estirar las piernas por parajes desolados y silenciosos. Todo empezó a ser constante, estrambótico, ruidoso, continuo, insufrible y demasiado bueno para ser verdad.

Todos en el mundo nos convertimos en bichos de ciudad. Hasta los pobres monjes veían entorpecida su vida de recogimiento y oración con turistas en sus ventanas las veinticuatro horas del día. Los pueblitos de la Patagonia se “sobrecomunicaron” y perdieron su identidad.

(Una pausa enorme gigante se hace presente)

_¿Y qué pasó entonces?… Después de todo eso…

Después de todo eso, algunos niños, en alguna partes del mundo, nenes como ustedes, con ojitos que todavía no se perdieron en la televisión y los juegos de video, charlan con sus abuelos y sus padres y sus tíos. Charlan y ellos les cuentan lo que era el mundo antes, para tratar de conservar lo que fue otro tiempo, otro mundo. Mientras revisan libros empolvados, encuentran y ojean revistitas medio escondidas por tristeza. Pueden hoy todavía verse esas figuritas, que parecen mentira, de cómo era todo antes. Acá hay una. La pueden hojear, pero después me la devuelven que creo, hoy, es una de las cosas más preciadas que me quedan.


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