Toy Story se estrenó cuando era muy pequeña. Una de las primeras grandes películas animadas de ese estilo. Nadie podía creer lo que pasaba en la pantalla. Y éso, acompañado de una sólida y rica trama. No se podía pedir más. Alejándose de lo tradicional, no había largas secuencias musicales. Tenía drama, tenía comedía, tenía todo.

No se le podía pedir más, y nos dio más: hubo una segunda película. A mi parecer, la segunda es mejor que la primera, pero sí es cierto que la primera sienta las bases de grandes personajes y grandes momentos. Y allí quedó el sueño.

Ambas le hablaban a toda una generación de pequeñuelos nacidos en la década del noventa. Niños que, con pocos años, podíamos armar y desarmar aparatos electrónicos, no necesitábamos manuales para jugar un juego (nuestros padres, sí). Nacimos con la computadora, pero a la vez, conocimos la importancia del libro impreso. Tuvimos que aprender a desconfiar de lo que leíamos, pues la web no iba a ser siempre la fuente más confiable.

Fue una de las primeras películas para niños en sacar una continuación. La mayoría, “La Cenicienta”, “El Libro de la Selva” o la que se les venga a la mente, no sacaron una segunda parte sino muchísimos años después, cuando la franquicia comenzaba a flaquear y a los creativos se les acabaron las ideas existosas, recurriendo a trucos baratos como resucitar lo que tuvo éxito, pero sin conseguirlo.

“Toy Story 2” nos deslumbró, y dejó a todos contentos, con un final que sólo auguraba la prolongación hasta la eternidad de una amistad que vinculaba a los juguetes de nuestra infancia. Andy, su dueño, no era el protagonista. Era un personaje que aparecía, muy de vez en vez; la mención de un nombre atado a una presencia que sobrevolaba toda la trama, pero que nunca interfería por propia mano.

Uno de los grandes personajes que dejó la saga fue Sid, un niño maleducado e insportable, que destruía juguetes y aterrorizaba con ellos a su hermana. Él era la personificación del niño que uno NO debía ser: había que cuidar los juguetes. Nuestro padres habían pertenecido a la generación que tenía juguetes, los cuales eran de buena calidad y tenían un precio. Todavía sabían inventar disfraces con lo que tenían a mano en la casa, y podían jugar con el aire y un puñado de imaginación en cada bolsillo. Nosotros, crecimos con el acceso fácil a juguetes de pobre manufactura, que luego del boom de fabricación china, tenían luces, sonido, olores y colores llamativos y rápidamente agobiantes.

Las enseñanzas de las películas eran muchas. Primero y principal: la amistad, la lealtad. Pero, además, incluía el cuidado por los juguetes, el respeto por los otros, aceptar las diferencias. Un desfile de personajes que tenían que aprender a superar sus miedos, y a dar todo de sí por el otro.

El tiempo pasó. Los niños que asistimos a ver la película a la salas de cine durante las primeras semanas de estreno, a ser testigos de tremenda novedad, crecimos. Aquello permaneció con nosotros en forma de referencias, frases graciosas, personajes que podían relacionarse con tal o cual situación.

Algo quedaba claro, sin embargo. El objetivo no era identificarse con los juguetes. Uno podía imitar a Woody o a Buzz en sus actitudes, en sus valores, en su aprendizaje. Pero no éramos ellos. Nosotros éramos aquel niño, Andy, que, como nosotros, se disfrazaba de vaquero y jugaba a ser como. De la misma manera, nosotros jugábamos a ser como los personajes de historietas, de películas y de series. Nosotros éramos Andy, y aprendíamos a cuidar a nuestros juguetes, aquellos seres pequeñitos e inanimados, pero que representaban algo más grande. Ciertamente, cuando uno es niño, ésto no lo comprende de esta manera, pero, como también es cierto, la capacidad de los niños está ridículamente subestimada. Aunque no lo pusieramos en palabras, entendíamos la alegría de Andy, el niño, cuando ve que Woody ya no tiene roto el brazo, cuando encuentra a sus juguetes luego del campamento.

Pasa el tiempo. Pasa todavía otro poco más. Se hace el anuncio: se estrenará una tercer película. La emoción embarga a todos los que asistimos, con ojos como platos, los estrenos anteriores. Gran expectativa. Nadie quiere que esa nueva continuación nos defraude. Nadie quiere una innecesaria adición a lo que ya había tenido su final feliz.

Voy al cine con mi sobrina. Ella, parte de una generación más joven, probablemente había visto las otras dos películas en la televisión, o incluso en la pantalla de una computadora. No iba a la sala de cine con la expectativa de años y años de rumores de que una nueva se estrenaría. No iba con el sentimiento de reecontrar a un viejo amigo que hace años no veíamos. Las había visto todas juntas, fuera del templo de contemplación en el que se convierte la sala de cine a oscuras.

Antes de continuar, no puedo hacerlo sin decir, que a los cinco minutos de comenzada la película, yo ya estaba llorando. Mi sobrina, sentada junto a mí, no podía entender qué me conmovía tanto de un grupo de juguetes que, archivados en un viejo baúl, desplegaban un gran operativo para que Andy, su dueño, les volviera a prestar atención. Ya lo habíamos visto con Jessy, la vaquerita, cuando cuenta lo que sucedió con su antigua dueña: eran muy unidas hasta que la niña creció, llegó a la adolescencia, sus intereses cambiaron, y en una descorazonadora escena, vemos cómo crecen sus esperanzas una última vez, para caer en la cuenta de que sólo la llevaban para ser regalada, y por último, comprada por un frío coleccionista.

En la sala de cine, el momento especial de las luces que se van consumiendo, la audiencia atenta, con tantos adultos como niños, la pantalla destellaba con colores y movimiento. Andy aparece, y se presenta el conflicto: Andy se va a la Universidad. Yo estaba en la Universidad. Andy había crecido conmigo. Y la identificación fue inmediata e inevitable.

La lectura que hice de aquella experiencia, no fue la misma que hizo mi sobrina, éso está claro. Yo era Andy, y todos esos juguetes, que se desesperaban por intentar reconectarse con él, no podían ser otros que mis juguetes, a los que hacía tanto que no prestaba atención. Barbies y peluches y muñecos que todavía conservo en mi casa, otros tantos más que les di a mis sobrinas y que yacen, destruídos en algún rincón de su casa.

Lo dije al salir de la sala, y lo repetiré y daré mis motivos siempre que alguien me pregunte y esté dispuesto a escucharme: “Toy Story 3” no es una película infantil. Cantidad de escenas que me dejaban pendiendo de un hilo, al borde de mi asiento, y que no reflejaban nada en la cara de mi sobrina, me permiten ver que barajaban conflictos y matices a los que los niños no pueden acceder. No porque no lo entiendan, pero porque todavía no han vivido para poder matizar su experiencia: los buenos son buenos, los malos, malos; los buenos son felices al final, porque han hecho el bien, los malos reciben un castigo, porque así debería ser; se premia la amistad, la lealtad, la bondad, se castiga el mal, la mentira. Malhechor, la palabra lo dice.

La gran escena que para mí confirmó que no se trataba de una película infantil, es la que nos muestra a los personajes, en un basurero, a pasos de la muerte. Y, juntos, en un increíblemente expresivo gesto de mirarse y unir las manos (gran logro de los artistas, poder imprimirle a un rostro generado por computadora, no humano, un rango tan sutil de expresión) se resignan a morir, juntos, amigos hasta el fin.

No hay manera de que para un niño eso signifique más que el hecho de que están a punto de morir, y milagrosamente, los extraterrestres verdes de Pizza Planet los salvan a último momento. No fue más que éso. El bueno se salvó a último momento. Pero había más, mucho más. Y así es como había mucho más en la película que sólo una aventura con un engañoso osito de felpa.

Esa película nos hablaba a nosotros, me hablaba a mí. Hablaba a los niños que fuimos niños cuando Andy lo era, que fuimos al cine y salíamos con una nueva mirada sobre los juguetes que compartían nuestras tardes de juego, nuestras mañanas y noches también. Y ahora, éramos adultos cuando Andy lo era. Y aquí, los juguetes pasan a significar todo aquello que había permanecido, latente, a veces más presente que otras, en nuestra memoria.

Los juguetes eran nuestra niñez, que estábamos abandonando, a unos pasos ya antes de dar el definitivo por la puerta de la adultez. Esa desesperación de los juguetes, y de lo que nos acostumbramos a llamar “el niño interior”, por reclamar nuestra atención, puede leerse como algo menos literal. Pueden entenderse como todas aquellas ilusiones, alegrías, valores e ideales que teníamos de niños y que, antes de que crucemos la puerta, reclaman nuestra atención para que crucemos bien preparados. Para que conservemos todo aquello que queríamos para nosotros, que busquemos la lealtad, la amistad, la felicidad, la alegría, el deseo de hacer el bien y de ser buenas personas. Que no olvidemos mirar con ojos de niño, que no olvidemos aquellas figuras que imitábamos y todo lo que representaban.

Queremos que los jueguetes se queden con Andy para siempre. Pero Andy tiene que crecer, tiene que avanzar. Éso no puede verlo un niño, lo lógico para ellos es que ése sea el final feliz. Nosotros podemos entender que lo importante es que quedaron con otra niñita, que Andy pudo legarle la felicidad, los valores, el juego. Los juguetes, por su parte, tuvieron su final feliz porque permanecieron juntos y pudieron dar todo el amor a alguien más, cumplir con su misión. Pero éso lo vemos nosotros que, como Andy, estamos en la Universidad, trabajando, lidiando con impuestos y otras yerbas.

Salí verdadermanete conmovida de la sala. Triste, abatida. Andy ya no tenía sus juguetes. No los había abandonado, había pasado la antorcha. Pero no se trata sólo de Andy, se trata de todos nosotros y lo que hay que dejar atrás en la vida. Debemos quedarnos con todo lo bueno que aprendimos de aquellos juegos. Quedarnos con las risas, la sorpresa y la capacidad de imaginar, de soñar y desear lo mejor para nosotros y los demás. Nuestro futuro yo es ahora y tenemos que estar a la altura de las más grandes expectativas que teníamos de nosotros cuando niños. No podemos hacer menos que éso. El pasaje a la adultez no es un único paso sino varios en los que, con errores y aciertos, nos debemos acercar a dar lo mejor de nosotros mismos. Aunque no lo logremos, no debemos desanimarnos, sino alegrarnos por haber dado todo lo que teníamos. Y si hacemos éso, dar lo mejor de nosotros mismos, las posibilidades de que lleguemos a nuestra meta son muy altas. Y si éso no sucede, pues tengamos la seguridad de que llegaremos a algo que será inesperado pero igualmente bueno.

Fue una decisión osada la de los creadores de Toy Story en hacer crecer a Andy. Podría haber sido un niño todavía, un Superman que nunca envejece, unos niños Simpson que nunca crecen. Andy se va a la Universidad y tuvieron que actuar en consecuencia. Y nos regalaron, a todos esos niños que veíamos sin dar crédito a nuestros ojos la primer película, un mensaje para la realidad que nos tocaba ahora. Crucemos la puerta con la confianza de que no estamos solos y aunque hay que dejar ciertas cosas atrás, el recuerdo cálido de ellas nos acompañará. Como un gran amigo de la niñez dentro nuestro, esos recuerdos nos aconsejarán desde el pasado al adulto del presente.


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