Comienza la historia y Pomme conoce al parlante Roque

Esta historia tiene ganas de ser muy, mucho muy verdadera, y sólo podrá serlo si proceden a leer. Tiene intriga, tiene aventura, tiene imaginación y tiene todas las cosas que pueblan el mundo afuera además de otras que no están. ¿Faltan? Vamos nosotros a llenar ese mundo con todo eso que falta y que no está demás. Tenemos cielo y tenemos agua, animales y plantas y rocas también. Hay personajes que no sabemos de dónde salieron, y otros que juntos vamos a conocer. Hablan algunos y otros miran, todos sienten, algunos sueñan. Caminos hay en todas partes y en todos lados. Camino es todo y en ellos la gente se encuentra, se distancia se recorren. En andando los personajes se conocen y se separan y se vuelven a conocer. Ya no son los mismos cuando salieron ni son los mismos cuando terminan la jornada. Los personajes cambian, los personajes buscan. Las personas hablan, o piensan, o ríen, o sueñan o todo a la vez.

El lugar es el bosque que tiene un camino que lo atraviesa de forma muy divertida. Juega la ruta a través de los árboles, las colinas y los llanos. A veces se viste de tierra, otras de empedrado. Otras veces más parece un rastro imperceptible de fantasmas porque el camino no se siente andado y se viste de pasto que está solamente un poco más corto que el resto. Pero hay algo en el aire que testimonia el paso de otros que precedieron al transeúnte.

Los animales del bosque son los dueños milenarios. Con ellos, las criaturas. Hay criaturas de todo tipo, algunas más increíbles que otras. Algunas bestias son el encuentro de varios animales, otras son una mezcla de animales y humanos. Hay seres que no tienen nada natural y se mueven como por encanto. Algunos otros verdaderamente se mueven por encanto. Con todos ellos se cruzó Pomme y su amigo Roque.

No hay manera de llegar de un lado a otro más que poniéndose en marcha. Para terminar hay que comenzar, y por eso Pomme inició sus andanzas en la puerta de su casa.

Pomme es una joven mediana. Mediana en todo menos en ambición. Su cabello es negro, su piel sonrosada en la nariz y las mejillas y el centro de la frente, los labios rosas, los ojos negros. Tiene manos pequeñas y un cinturón al que se ciñen docenas de cuerdas con bolsitas de todo tipo. En estatura está bien, aunque realmente desearía tener unos centímetros más que la ayudaran a alcanzar frutos de las ramas sin necesidad de una escalera. Verán, no es muy buena trepando y, antes que saltar, prefiere tomar un palo y darle una buena sacudida a las ramas para que liberen de una vez la fruta que ostentan.

Tiene todo el tiempo libre del mundo porque no tiene ocupación. Los días ociosos se han hecho una carga y va a salir al mundo para encontrarse con una labor. Sólo sabe leer y escribir, y cocina de memoria, pero no cuenta ella con mucho más. No se considera muy habilidosa y no cree saber lo suficiente. Harta pues de todo esto y más, su camino comenzó en la cama. Allí despertó un día, y harta de tanto descanso sin mérito, bajó de la cama al mundo y comenzó entonces su historia.

El día no parecía poseer las cualidades de ninguno de los días que conforman un gran día. Los días excepcionales se hacen, no se encuentran y por eso, sin saberlo, Pomme había estado acumulando tanto hastío que decidió de una vez y por todas hacer algo. Algo lo que fuera era comenzar por salir de su casa que no abandonaba desde hacía tres años. Encerrada entre esas paredes veía el mundo. Veía los días pasar y la noción del día o la noche era simplemente la posición del sol o de la luna que se advertía desde su ventana.

Salió a la aventura y comenzó a caminar. Su casa se situaba en el lado oeste de una montaña, y por allí pasaba el camino. Cruzó un puente, atravesó un túnel, y pronto se encontró donde nacía el bosque. Su energía era como la de un péndulo, pronto desaceleraría, pero ahora que recién la habían puesto en movimiento sólo quería andar.

Ingresó en el bosque y observó el pasto y los árboles y sintió los pájaros que chirriaban con entusiasmo. Pero no se pudo sentir igual de entusiasmada. Algo faltaba en toda aquella locura aventurosa y pronto la negra peste del miedo y las dudas le llenó el corazón. Con manos frías le tomaba los hombros y de plomo le aplastaba el pecho.

_ ¿Qué estoy haciendo? – comenzó a preguntarse en voz alta, deseaba que alguien la escuchara y le diera ánimos o motivos para volver a la calidez de su hogar- ¿qué estoy haciendo? – repetía.

Era una escena tan triste ver a Pomme lamentarse. Lloraba y se abrazaba a sí misma, cruzando los brazos frente a sí y tomando con fuerza su propia y espalda. Era el único consuelo que había aprendido a conseguir en la soledad de sus días. Lloraba y reposaba su frente en el consuelo de sus propios brazos.

_ ¿Quién osa interrumpir mi descanso? ¿Quién se atreve a irrumpir en las tierras de Tartar Barlong? – gritó una voz.

La voz parecía venir de todos lados. Era un gran eco que inundaba todo alrededor de la roca donde se había sentado a llorar. Sobresaltada levantó la cabeza en un rápido movimiento y pausó su llanto. Semejantes palabras la habían dejado muda. Semejantes palabras, también, la habían hecho olvidar por el momento su pena y atender al peligro.

_ ¡Vuelve por donde viniste y no regreses! – amenazaba la voz.

Desafiada, Pomme se puso de pie y empuñó sus manos.

Esto es lo que sucedía con Pomme, para que podamos todos comprender por qué no salió corriendo en ese mismo momento. Inconsciente como era del peligro, y poco habituada a verse cara a cara con él, tenía una falsa noción de lo que el peligro significaba. Dudaba y temía cosas que todavía no habían sucedido, temblaba ante las posibilidades poco probables que generaba su propia cabeza aislada. Sin embargo, una vez que se encontraba frente a frente con la fuente precisa de un temor incierto, no había lugar para dar un paso atrás. El peligro se le hacía minúsculo comparado con el que había imaginado. Así, ambos elementos se sumaban, la falta de familiaridad con el peligro y el hábito mal sano de imaginar terrores donde no los había, daban como resultado una incapacidad casi total para una noción cabal de la amenaza en frente.

Era muy habitual que Pomme se enfrentara a quienes la amenazaban, o que rompiera la barrera del miedo real. No era una mujer valiente, era temeraria. Y esta vez no fue la excepción. Azuzada por la amenaza de la voz omnipresente, Pomme decidió hacerle frente a lo que no veía.

_ ¿Quién es? – gritó como respuesta.

La decisión de hacerle frente a quien emitiera la voz no implicaba que cada partícula de su cuerpo no le pidiera huir de ahí. El corazón le latía volcánico, tan fuerte y tan alto que no le dejaban sentir otra cosa. La única otra cosa que sentía con claridad era la respiración. El sonido era ensordecedor y desesperante su intención de acallarlo.

Un chirrido leve, constante, repetitivo, se hizo más claro a sus espaldas. La voz atronadora, volvió a decir, y ahora era más fácil ubicarla: “¡Largo de aquí! ¡Sino toda mi furia caerá sobre ti y sentirás el horror de ser la víctima de Tartar Barlong!”

Lentamente Pomme miró a su alrededor y encontró con espanto que la voz provenía de una mole cónica a varios metros. Era difícil distinguirla porque ya había bajado el sol y los árboles tapaban la luz justo donde la criatura se encontraba.

_ ¿Acaso quieres morir a manos de Tartar Barlong? ¡Vamos, niña, largo de aquí!

Un aullido violento salió de la criatura que ya comenzaba a dar unos pasos en dirección a Pomme. Se bamboleaba y cada vez que se movía se escuchaba el mismo chirrido metálico del principio. Los aullidos no pararon, y estaban cada vez más cerca de Pomme.

_ ¡No! – dijo resuelta.

_ Pero acaso ¿no sabes que puedes morir? ¡Puedo matarte! ¡Largo de aquí! – aulló Tartar Barlong- ¡Fuera!

_ No- repitió Pomme, quien ya comenzaba a sentirse indignada con las pretenciones de este tal Tartar Barlong.

En ese momento, Pomme no podía sentirse menos que indignada. Primero, el hecho de que Tartar Barlong la quisiera echar de un lugar que no le pertenecía. Luego, que la amenazara de muerte, siendo que si realmente hubiera querido matarla, ya probablemente lo hubiera hecho. Alguien que se creía muy malo era lo último que necesitaba en ese momento de angustia, de pronto recordó el llanto en el que había estado sumida sólo unos minutos atrás, y se enojó todavía más.

Luego de su última negativa a retirarse de las tierras de Tartar Barlong, éste comenzó a acercarse más y más. Tanto, que finalmente Pomme pudo verlo bien: era una gran pila monstruosa de paja que se movía con ondulaciones hacia la derecha e izquierda, pero no se le veían pies que lo llevaran. En lugar de rostro tenía cuatro grandes agujeros, dos para los ojos, uno ovalado para la nariz y otro ovalado para la boca. No se veía nada en ellos, sepulcros vacíos.

Pomme estaba aterrorizada y no pudo evitar gritar del horror. A diferencia de las pesadillas de sus noches, esta vez el sonido sí pudo escapar sus labios. Con espanto y todo, sin embargo, no huyó del lugar. Entendió esa frase que había leído tantas veces, cuando el héroe siente que no lo sostienen las piernas. Hubiera preferido derrumbarse y hacerse un pequeño bollito de susto y ganas de volver a la casa, pero estaba paralizada, incluso para colapsar.

_ ¡Fuera! – aullaba Tartar Barlong.

_ ¡No! – era lo, único, que podía decir Pomme.

Retrocedió unos pasos hasta que la piedra sobre la que se apoyó antes quedó entre ellos. Tartar Barlong detuvo su avance. En el ahogo de la desesperación, Pomme vio un pequeño orificio por el cual respirar. Tal vez Tartar Barlong tenía una debilidad con las piedras. O tal vez era demasiado monstruoso como para avanzar.

_ ¡Bien, y no vuelvas! – dijo la gran mole de paja y escupió una enorme columna de fuego por el hueco de la boca – Que te sirva de advertencia.

“¡Listo! Ya tengo la respuesta”, pensó Pomme. Mal había hecho el monstruo en hablar por demás. Ella no había dado señas de querer irse, y Tartar Barlong sólo había confirmado sus sospechas. Antes que reconocer que las piedras eran una debilidad, prefirió lanzar una última amenaza que no debilitara su imagen funesta y que a Pomme le diera la sensación de que había evitado el peligro. Todo lo contrario, mi amigo… todo lo contrario.

Con mucho esfuerzo, Pomme corrió tres piedras grandes que estaban cerca de la primera. Tartar Barlong ya comenzaba a irse. Contra todo buen juicio, Pomme lanzó una piedra contra el monstruo de paja. Un aullido espantoso se escuchó y el monstruo volvió a avanzar en dirección a Pomme.

_ ¡Ay de mí! – gritaba pues el golpe que lanzó Pomme había desprendido algo de paja de la pila.

Pero Pomme se encontraba detrás de la hilera de piedras y seguí lanzando pequeños cantos rodados hacia el monstruo. Era lenta la bestia para caminar, y eso le permitió a Pomme seguir alineando grandes rocas. Cuando Tartar Barlong lograba acercarse a un extremo, del otro lado de las piedras Pomme corría y colocaba otras piedras más. Pronto, así, fue armando un gran círculo de piedras y piedritas alrededor de la bestia.

_ Niña endemoniada, ¿qué estás haciendo? ¡Vas a ver la furia de Tartar Barlong! – aulló y a continuación una enorme columna de fuego salió de su boca.

Las lenguas de fuego alcanzaban ahora a las piedras y Pomme se tiró al piso y se resguardó detrás de la más grande de ellas. Tiró una piedra, para confundir al monstruo. Tartar Barlong tenía cada vez menos paja en la pila, y con la última piedra que arrojó, Pomme pudo ver que… ¡Tartar Barlong tenía cola!

Así es, el monstruo de paja tenía una cola canina que agitaba con desenfado. Realmente era uno de los monstruos más raros que había visto, y uno que nunca se había cruzado en sus horas de lectura. Descubierta su cola, Tartar Barlong giró para enfrentar a la chica, pero lo hizo demasiado rápido, y las llamas alcanzaron parte de la paja que había quedado suelta a su alrededor.

_ ¡Me quemo! ¡Me quemo! ¡Mi hermosa colita! – decía el monstruo - ¡Te perdono la vida! ¡Ayuda!

Con los nervios a flor de piel, Pomme salió de su escondite y observó la escena. El monstruo no paraba de dar vueltas alrededor de grandes llamaradas que abrasaban todo lo que encontraban dentro del círculo de piedra. A medida que giraba el incendio era peor, y la paja se iba desprendiendo completamente. Se deshizo la boca, los ojos, la nariz… todo fue volviéndose nada. Comenzaron a saltar resortes y una rueda comenzó a rodar hacia la nada. ¡Maravilla! En medio de todo ese desastre un perro le seguía pidiendo auxilio “¡Socorro! ¡Que me quemo!”. Era grande, con pelo lanudo y negro, las patas altas, las orejas grandes. El perro movía la boca y efectivamente de su boca salían los pedidos de auxilio.

Unos minutos más tarde, cuando el fuego hubo consumido toda la paja en su interior, Pomme miraba las pequeñas brasitas que todavía quedaban de la paja que había visto arder. El perro, la cabeza gacha y la cola entre las piernas, se acercó despacio y le dijo:

_ Creo que te debo una explicación. Mi nombre es Roque.

Pomme miró a Roque y vio que éste le extendía su patita. La chica la estrechó pero no dijo nada, pues pocas veces había tenido oportunidad de hablar con un animal, y las circunstancias que envolvían este encuentro eran por demás extrañas. Roqué carraspeó y continuó:

_ Pobre Tartar Barlong, me había llevado mucho tiempo construirlo y creo que no quedó nada mal, ¿cierto? – Pomme no respondía – Sí… bueno… - Roque buscaba las palabras y estaba un poco avergonzado – lamento todo esto. No quería hacerte daño, solamente alejar a mis captores. Hace muchos años que un hombre, Carlón el cazador juró que me atraparía. Vivíamos en el mismo pueblo, y no quise ayudarlo con unos negocios raros que estaba preparando. Yo era el dueño de la herrería, verás. Y necesitaba armas. Pero todo el asunto tenía un tufo raro y no quise meterme en esos asuntos. Vine al bosque a vivir lejos de mi hogar. Carlón ganó la contienda y controla a muchas personas, y siempre tiene oídos en todas partes. Creo que ya se debe haber olvidado de mí, pero una vez un viajero me vio y contó la anécdota en un alto del camino. A los pocos días un enviado de Carlón me daba la orden de abandonar el bosque y no volver jamás. Armé este aparato con lo que tenía a mano y me dediqué a espantar a los viajantes para vivir tranquilo. Es un armatoste viejo, y no podía avanzar muy rápido ni cruzar demasiados obstáculos, pero hasta que llegaste me había sido muy útil… Gracias por salvarme.”

_ Lamento que hayas tenido que dejar tu casa. No hay por qué, aunque sí me llevé un susto enorme. Un poco más y no hubiera hecho a tiempo para rescatarte del fuego.

Pomme buscó agua para Roque, y vendó su cola y una de sus patas a las que el fuego había chamuscado. No había mucho más para hacer aquel día excepto buscar un refugio y dormir. Roque el herrero la llevó hasta su modesta casita y allí pudieron descansar luego de un día de aventura. Era el primer día que Pomme pasaba lejos de su hogar en tres años y la primera noche que no dormía en su propia cama en toda una vida. El susto había borrado su tristeza y el cansancio había cerrado sus ojos. Momentos antes de entregarse entera al sueño, no pudo evitar recordar su hogar y lloró algunas lágrimas de añoranza. Entendió que no había forma de volver, y que sólo podría terminar lo que había empezado antes de regresar.

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