Reflexiones sobre la inspiración

Siempre sentí un “llamado”- llamémoslo así- a todo aquello que tuviera que ver con las artes. Quise ser actriz, pintora, escritora… lo único que me faltaba era querer ser cantante y bailarina y tenía prácticamente todas las artes cubiertas.

Los meses, los años fueron pasando, y entonces me vi obligada, ya se hacía inevitable, a elegir un destino. Tenía, precozmente, como nos sucede a todos al terminar el colegio, que elegir algo tan solemne como mi futuro. Encontrar mi destino, emprender mi camino, responder el llamado, cumplir con el elevado destino de dar lo mejor de sí, de ser buen ciudadano, útil para sí, para la sociedad y la familia. Cumplir con las obligaciones, pagar los impuestos, y tener oportunidad de pasar un buen rato algún que otro fin de semana, si el presupuesto del mes no se evapora con imprevistos mundanos.

Ciertamente, para muchos, esa decisión no es algo conflictivo. Saben con cierta precisión qué quieren estudiar por los siguientes cuatro o cinco años (o un millón, si es que quieren ser doctores). Saben con cierta precisión cuál quieren que sea su principal fuente de ingreso, a qué quieren avocar una buena porción de las horas de su vida adulta. Porque uno se dará cuenta, el momento llegará, en que para pasarla bien, hay que tener dinero, y para éso, hay que trabajar. Y se presentan situaciones tan duras como querer dos cosas que quiero mucho mucho y que mi mamá hubiera comprado por mí, pero mis pocos dineros sólo me permiten uno… y hay que elegir, momento inevitable. Así es. No hay vuelta atrás.

El objetivo, al final, es trabajar para vivir trabajando. ¡Pero no! No tiene sentido. Y pareciera que la maquinaria se llena de mensajes y contra mensajes que por un lado encadenan con “exitismo, rendimiento, competencias”, y por el otro lado dan unas muy desconfiables alas de cera que llevan el cartel de “sigue tus sueños”, “enamórate de tu trabajo”.

El punto es, que me decidí por la Literatura. Sí, con mayúscula, muy de siglos pasados. Actriz no iba a ser, pintora tampoco, no tengo buena mano para los instrumentos porque no sé leer las notas. Pero sí se escribir, y mejor, sé leer. El secreto para escribir: leer. Leer. Lo dicen todos, lo veo en todos. Lo intento. Es un trabajo en proceso sin fin. Ninguno de los grandes escritores de la historia fueron niños de la selva criados por animales que al llegar a la civilización, le dan un lápiz y ¡paf!, el Quijote en edición de lujo con canto dorado. No.

Y si algo puedo hacer, es leer. Leer y ver televisión. Ver películas. Una forma de leer, pero no en letras, sino con un código distinto, leer en imágenes, leer en sonidos, en términos de secuencias y planos. El violinista lee unos redondelitos negros y blancos, unos guiñapos aquí y allá, y todo éso le dice algo. A mí, eso no me dice nada. Pero sí me hablan las letras. Y no es simplemente lo que cuentan, es lo que dicen, lo que quieren decir, las cuerdas de mi yo interno. Las letras son las notas musicales y mi interior, que se mueve con ellas, y por ellas, son las cuerdas del violín. Para todos es lo mismo. Una novela, un cuento o una poesía, o una obra de teatro tiene éxito cuando hace vibrar las cuerdas de nuestro corazón ,de nuestra mente, de nuestras tripas.

La misión del escritor no es fácil. Y la inspiración cumple un papel totalmente enigmático. No me propongo, aviso, a llegar a ningún tipo de conclusión. Mucho, largo y extenso se ha escrito sobre la inspiración. ¿Musas? ¿Poetas poseídos por los dioses? ¿Son verdad, o necesarios en última instancia, los rituales que siguen tantos escritores?

La idea: hay un muro que saltar, y sólo la inspiración es el amiguito de la escuela que nos hace “piecito” con las manos y nos da el empujón hacia arriba que necesitamos.

No es miedo a la hoja en blanco. No se le puede tener miedo a eso. Los que lo repiten sin cesar “el miedo a la hoja en blanco”, no son honestos. No son honestos con su propia conciencia, que prefiere embucharle el miedo a una pobre hoja de papel, que menos amenazante no puede ser la pobrecita.

Una hoja con palabras, llena de palabras, explotando de palabras. A éso hay que tenerle miedo. A éso le teme el escritor, al que luego le seguirá la corrección, y la corrección, y la corrección, y la edición, y agregar y sumar, y restar, y pulir, y cambiar y estar una semana trabajando sobre un único párrafo. Es peligrosa, es amenazante, para el lector. Para el escritor, es temible la página llena porque no estará completo él, hasta que no esté finalizada ella. Y, para el lector, debería ser temible, porque debería despertar en él todo tipo de ideas, sentimientos, emociones, acciones y reacciones, consecuencias, pensamientos, decisiones.

Tenemos la tentación de vivir trabajando y la impuesta obligación de sentir que trabajamos en aquello que amamos y que éso nos hará felices. Yo acuso: ¡mentira!. El hecho de trabajar haciendo aquello que amo, no necesariamente me hará feliz. No necesariamente me hará olvidar que trabajo todo el tiempo. Pero allí se encuentra la satisfacción del artista. Disfruta deshaciéndose en la hoja.

El escritor vive para escribir, para tocar la más maravillosa melodía posible en el corazón de sus lectores. No lo puede hacer en vivo, no. Tiene el desafío de tener que lograr ese efecto, a kilómetros de distancia y, a veces, con siglos de por medio. Virgilio no pierde potencia. Cada corte, cada herida, cada lágrima derramada se derrama en nuestras neuronas, que se lo transmiten a nuestros ojos. Y comenzamos a llorar. Porque ha muerto Tom. O a reír, porque así funciona.

Comprender que uno está aquí para escribir no es fácil. Es un proceso largo, en el que están contenidos el desaliento, la desesperación, la angustia, la satisfacción, el miedo, la vergüenza. No enuncio más cosas malas que buenas porque haya sólo piedras en el camino. Pero si uno quiere emprender un viaje, lo que nos mueve no serán las comodidades del camino, sino la determinación con el que lo emprendemos. Y para ello, debemos conocer lo malo, para prepararnos y seguir, y no dejar que el primer cruce peligroso nos desaliente.

Por años me convencí de que era buena escribiendo y por eso no lo hice. Es verdad que pareciera que no tiene lógica. Pero en retrospectiva, no escribía porque no había necesidad de escribir. Lógicamente, cuanto menos escribía, más y más iba perdiendo la flexibilidad, la facilidad, la tonicidad para hacerlo. Fueron años de estar convencida de que el rumbo había sido el equivocado.

La inspiración no se puede explicar, pero se siente. Es estar desesperado por escribir. Una sensación que se puede comparar con el sentimiento de… de cuando no llega el tren. Y uno espera, y espera, y dentro hierve algo que nos carcome, porque uno sabe que tendría que estar en otro lugar, en otro tiempo, haciendo otra cosa. Éso genera la inspiración: la sensación ebulliciente de que uno debería estar en otro lugar, frente al papel, haciendo otra cosa, escribiendo.

La inspiración, en mi caso, no llega a voluntad. Como yo, es remolona para empezar las tareas. Y empiezo con nada. Empiezo a escribir por la necesidad de desentumecer mis músculos atrofiados de alguien que quiere escribir pero tomó la costumbre de no hacerlo.

Comienzo a escribir, y allí, de a momentos, se asoma. En ése momento, es cuando hay que tener más cuidado. Porque si el que escribe es como yo, tendrá miedo. Es el miedo que paraliza y contrarresta el bálsamo vivificante de la inspiración y que nos convence, con una voz más o menos fuerte, de que lo que escribimos no vale, no es bueno. Lo más frustrante de todo, es cuando uno tiene la idea, inmaculada, original, única y resplandeciente y, como mal alfarero, le quiere dar forma a la idea y lo único que logra es arruinarla. Uno no es digno de haber tenido la visita de la inspiración, porque sus manos no fueron hábiles y no supo cómo manejarla. Fue un mal herrero. Tenía la idea, tenía el material- las palabras- pero la ejecución fue paupérrima.

Traicioné a la inspiración, me castigará no viniendo más. Estuve cinco años sin escribir, ahora me abandonará de nuevo. Y no quise escribir más. Abandoné, huí, fui una cobarde que se alejó de la pluma por cinco años porque no toleró que lo que escribía no estuviera a la altura de las ideas que tenía. No toleré no ser buena, no soporté reconocer que tenía que aprender.

Siempre voy a tener que aprender. Más, mucho más. Cuanto más sé, más intuyo todo el espectro de cosas que todavía me falta por saber. Y el miedo no es a la hoja en blanco, el miedo es a equivocarse, a caer en la cuenta de que llenó la hoja de palabras que no son. Haber invertido el propio tiempo, y el del lector después, en algo que no valía ser leído. Cargar con esa responsabilidad- la de hacer perder el tiempo al lector y la de ultrajar la idea pura con la materia impura de la palabra mal administrada, es lo que da miedo.

Dedicarse al arte, pues, no es tarea fácil. No es tarea fácil si quiere hacerse bien. Porque, bien hecho, tiene que ser el producto pulido y elaborado del autor que quiere hablarle a cada célula del hombre. Quiere moverlo a que baile, a que llore, a que se lamente, a que reflexione. El arte, en cualquiera de sus formas, habla al hombre apelando a su lado más profundo, más secreto, más elemental y primario.

El proceso de escritura, cuando se buscar hacer el arte de las esferas, el que habla el idioma del alma, es un trabajo arduo. El proceso de escritura, a diferencia de otras artes, es un trabajo de meticulosa soledad reflexiva. Uno puede cantar o bailar en grupo, uno debe actuar con un público porque sino, no hay obra. Pero la escritura se da en un espacio de soledad. El escritor es esencialmente un ser solo. Puede ir de bar en bar todo lo que quiera, las noches que quiera, pero cuando vuelve a la noche, o se despierta al día siguiente con la resaca más grande del planeta, los amigos de copas no están en sus dedos. No aprieta cada uno una tecla distinta, no escribe cada uno una palabra y comparten los cerebros que idean la idea que se lleva al papel.

El escritor observa, y encuentra algo dentro de él que tiene que purgar. Tiene que sacar como si fuera una gran pelota del centro de su pecho, que tiene que extirpar, pero, en vez de hacerlo con un bisturí, lo hace con cada una de sus palabras. Cada palabra lo acerca más y más a poder extirparse ese tumor. Y cuando el escrito no es bueno, esa pelota llena de la idea que ideó el escritor, sigue ahí.

Tampoco hay que pensar que con un cuento ya todo termina. La idea no es transmitir un mensaje y listo y se acabó. No. ¿Cuántos escritores conocemos, que en todas sus novelas y cuentos tratan una y otra vez lo mismo? En todos los cuentos hay un laberinto, en todos los cuentos se habla de una pérdida, en todos los cuentos hay un padre malvado. Bien, ese escritor no ha podido todavía purgar esa pelota, esa gigante e invisible pelota que contiene a la idea que quiere transmitir. Pero éso, es lo que justamente los hace buenos. No se da por vencido, no cambia, no se acostumbra, no pacta. Continúa, atacando, desde distintos ángulos, con distintos cuentos, con distintas novelas y poesías. Una y otra vez hasta sentir que ya no tiene nada más para decir al respecto, hasta sentir que ha podido poner en papel la idea que tenía en su cabeza tal cual como la había concebido. Y puede llevar una vida. Y puede no suceder nunca. Morir sin haber podido decir exactamente lo que quería decir.

El escritor es un Damocles que vive con la amenaza de no estar a la altura del péndulo que él mismo colgó en su cabeza. Él tiene la idea, él la tiene que poner en palabras. Tiene que ser como el herrero que da forma, que adapta y trabaja y trabaja y vuelve a trabajar sobre lo mismo. Golpea las teclas como aquél golpea el yunque (no tan fuerte, cierto, ni con un martillo). Y, además, si es honesto, sabrá que no es simplemente jubilarse y escribir sus memorias. No. Él está liberando al mundo algo que potencialmente puede ser leído por uno o más personas. Y ya no es sólo él. Ya no es escribir para él y con él nace y muere el ciclo. Él invirtió su tiempo, y también lo hará el lector, así que ahora cuelga otro péndulo, que él no ha puesto pero que está allí porque es parte del juego macabro: que valga la pena.

Uno tiene una responsabilidad. Como en un banco, un fondo de inversores, él ha invertido en mí su tiempo. Y de nuevo lo que nunca falta: quiero escribir pero no sé qué escribir. No tengo nada para decir. Nada para decirle a nadie. No me imagino a nadie leyendo lo que escribo, pero a la vez, ya aprendí. Hay que escribir igual. No se puede ser poeta maldito si sólo se es maldito, me dijo un amigo. Hay que escribir. Escribir hasta que ya el acto de escritura se vuelva algo tan involuntario que prácticamente seremos víctimas, víctimas de la Ley de probabilidad infinita, y seremos uno de esos monos que no escribirá el Quijote de nuevo, pero escribirá algo bastante decente. Pero eso no pasará si una vez cada diez años desempolvamos los dedos y las manos y nos sentamos a escribir medio cuento que la verdad es un asco y mejor no sigo que para esto no sirvo si total escribo mal y no me salen las palabras, y perdimos el envión y “no estoy inspirado”.

Pongámoslo así: uno no caza animales mirando la televisión desde la cama, para atraparlo, hay que estar ahí en el medio del bosque, cubierto de barro, con un abrigo todo mojado, con la molestia de las ramas. Es igual. Uno no llegará a bueno si retoma la escritura dos o tres veces al año y luego se deprime porque lo que escribe es una porquería. Claro que lo va a ser. Es más probable que se escriban muchas más cosas malas que buenas, y en ello no tiene nada que ver la inspiración. La inspiración es el momento cúlmen, es el ápice, es la punta del iceberg, es una chispa que sólo puede hacer estallar la dinamita si nosotros venimos entrenados, cargando pólvora dentro nuestro para que, cuando nos toca el chispazo de la inspiración, tenemos la suerte de que caiga sobre el regadero de pólvora que tenemos dentro y que sólo pudimos cultivar a fuerza de escribir todo, todo, todo el tiempo.

(Me gustaría que los grande autores dieran una estadística de lo malo que han escrito, un porcentaje, de cuántas cosas buenas escribieron contra cuántas malas escribieron antes, o incluso durante)

Es más fácil decirlo que hacerlo. Éso, seguro. Pero por algo se empieza, y yo no soy de las que pueden ponerse metas de tanta cantidad de palabras por día, porque no es mi estilo. Otro puede ponerse a voluntad a escribir mil palabras por día y con eso hizo una purga higiénica y bien controlada. En mi caso, no puedo escribir todo los días, pero ahora que he vuelto, lo hago más seguido. Y no escribo todos los días porque hay algo dentro de mí que una vez que sale, necesita replegarse sobre sí mismo para recargar fuerzas, recargar reflexiones, recargar energía mental.

Esos momentos de inspiración, son lo mejor. A uno lo dejan agotado pero es el tipo de agotamiento que se siente cuando un llega a destino, llega al hogar y se saca las zapatillas y se tira en la cama después de mucho caminar. No es después de viajar en tren, o en avión, sino después de mucho andar a pie. Así nos deja la inspiración. Y mientras tanto, es un fuego que quema en la punta de los dedos, es esa pelota de ideas que pasa de la cabeza al pecho, y quiere salir por ahí y no por ningún otro lugar. Hay que sacarlo, los brazos se sienten ligeros, porque quieren aletear con palabras. Es un momento en el que uno no puede parar. Y tal vez escribe con un millón de errores de tipeo porque en ese momento no importa otra cosa más que escribir. Como sea, donde sea, cuando sea. Detrás de una boleta, de una guía, con un lápiz sin punta o lo que sea. No importa con qué, ni cómo, ni cuándo, porque tal vez la inspiración nos toma por sorpresa en el medio de la calle, en un viaje de colectivo. Y la desesperación, de encontrar dónde escribir, en la mano, como un contorsionista, para apoyar el papel en algo, o sólo en el aire, volando. Porque la inspiración llegó, el tumor benigno de ideas cristalinas se puso en posición para ser parido, y en ese momento es como si pudiéramos ver bien, y exactamente cómo, poner en palabras todo aquello que teníamos en la cabeza.

Puede ser un mundo de colores, una observación cruel de la realidad, una broma, una sátira, una imitación de estilo, todo en pos de sacar de nuestro organismo aquello que nos conmueve, que nos llena, que es nuestra forma de ver el mundo. Y sacarlo. Dejarlo ser, tal vez para que no lo lea nadie, pero tal vez sí. Y si alguien lo lee, tal vez encuentre a alguien otro que puso en palabras lo que también le pasa en su interior pero que no había podido formular en palabras. O tal vez termina en un cajón, en cuyo caso, es solamente uno mismo el que puede dormir tranquilo, o no, sabiendo que ha sido capaz, poderoso Vulcano, Efesto, de forjar esas palabras y crear materialmente lo que solo existía como una idea lejana e intocable.

La inspiración llega a todos, y sólo prende fuego donde alguien se tomó el trabajo de juntar leña. Lo peor que podemos hacer, mi firme opinión, es ignorar el llamado de escribir. No quiero poner palabras bonitas una al lado de la otra. Quiero cumplir con ese llamado de mover hasta la última fibra del ser humano y que le provoque algo. Que pueda reír, llorar, conmoverse, dolerse, reflexionar, consolarse con lo que escribo. Pero no sólo servirle al lector, es poder contribuir con algo más grande, que va a durar más que todos, más que el lector. Siglos, en los que no importa si el escritor perduró en su obra, pero sí importa que haya durado algo que ese escritor vio como tan verdadero y tan verdaderamente innegable, tan necesario para el otro y para la vida e historia de la humanidad.

Amo los momentos en los que estoy inspirada, pero no siempre me encuentran escribiendo. Amo los momentos en los que puedo olvidarme de mí misma y escribir sin parar. Pero no soy el vehículo perfecto, y me detengo. No tengo la fortaleza para sustraerme completamente de lo que me rodea y no tener miedo o vergüenza, y condicionar esa verdad que no sale con la pureza que debería.

La inspiración no va a escribir una novela, nosotros vamos a hacerlo. La inspiración no va a hacer que me siente todos los día a escribir, éso es solamente fuerza de voluntad. La inspiración no me va a hacer mejor escritora, pero me va a dar el empujón extra que necesito si, y solo si, me comprometo con la verdad que hay en mi interior y que quiero transmitir, que necesito transmitir.

Arduo camino, adelante.


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