La novela de Jorge Amado es un manjar, de esos que Gabriela prepara en su cocina, y que se van disolviendo en la boca, con una explosión de sabores, colores y aromas que sólo ella sabe combinar.

Expectativas: Pocas. Me desalentó saber que era una novela de autor brasileño que retrataba la vida del norte, y el tormentoso calvario que deben recorrer sus habitantes desde el Sertón hasta las ciudades para conseguir trabajo. No tenía opción, pues debía leerlo para un trabajo. Ya me había quedado sin tiempo para elegir otra obra. Era matar o morir, y comencé a leer, confiando en que algo pondría a mi mente a andar.

Lectura: No había nada que me prepara para lo que contenían esas páginas. Lejos estaba esta novela de ser un agonizante peregrinaje de gente en condiciones paupérrimas. Por el contrario, me encontré con una ciudad costera, llena de sabores y aromas que, por primera vez en mucho tiempo, saltaban de la página a mi paladar. Podía sentir detrás de mis orejas los sonidos del puerto, en mi lengua los sabores de las comidas, podía oler el aroma de árboles y frutas que nunca conocí.

Comencé a leerla con tedio, y terminé contando los minutos para volver a tener en mis manos la trama que me había cautivado. El ritmo de la narración es dinámico, y guía al lector de forma tal que todo el texto es un juego que nos hace girar y girar, testigos del desfile de personajes y situaciones que se mezclan, se confunden y se repiten.

El lector sabrá apreciar el hecho de que Jorge Amado no sea juez y jurado de sus personajes. La moralidad la dictan los personajes que juzgan a otros y que a la vez incurren ellos mismos en el pecado que condenan. Situaciones de violencia, de venganzas, de incesto, de traiciones. Cada uno es una muestra de la intrincada humanidad de cada individuo, muestra de que no es una simple novela costumbristas, con caracteres fáciles de catalogar.

Así como los espacios de Ilhéus, los personajes están también edificados de manera magistral. Las descripciones son precisas a la vez que se transforman en una extensión del personaje mismo. La austeridad en unos y el exceso en otros proyecta su carácter. El ejemplo más claro es Gabriela, un ser que es exceso de vitalidad absoluta, transformando todo lo que la rodea: los sabores se intensifican, las flores en su pelo, la bebida y la concurrencia se multiplican en el bar. Ella pasa a ser una fuente casi inagotable de vida, de la que todos beben, un manantial que no pareciera ser de esta tierra: para todos tiene, a todos da.

Nacib, en quien se focalizará el relato la mayoría de las veces, es un ser con un rol asignado dentro de la estricta sociedad pueblerina en la que viven, pero Gabriela llegará para romper los moldes. Seres canónicos, con un espacio y un rol determinado se encuentran, de uno y otro lado, en el límite que Gabriela invita a cruzar. No querría adelantarme y decir qué es lo que ocurre con ella, pero el lector juzgará. En Ilhéus hay un fino balance entre conservar tradiciones y permitir que el Progreso (con mayúsculas, aquel ideal tan difundido y de definición tan laxa que llenaba las discusiones en los cafés a principios del s XX) ingrese y renueve las cosas. Algo cambia y algo se conserva, para que nada cambie y la vida pueda continuar, distinta, pero igual.

Luego de la lectura: Ilhéus, esta ciudad norteña de un Brasil de principios de siglo XX se transforma en un espacio mítico. El espacio del mito, pensemos en el Olimpo, se da en una temporalidad a la que, o bien no se hace referencia, o donde hay un claro signo de recorrido cíclico. Podemos acercar la fecha en la que los sucesos ocurren, pero tampoco tiene sentido pues es importante notar que no es la intención el poder enmarcar la vida de la ciudad en la vida real del Brasil de ese entonces.

Fuera del tiempo entonces, vemos cómo lo externo cambia, pero el gran esquema de las cosas permanece igual. Todo cambia para que nada cambie. La tecnología evoluciona, los personajes entran y salen de escena pero lo que es más profundo y propio del lugar permanece igual. Cobra mucho significado que el comienzo y el final de la obra se den en un mismo punto: el Pesebre. En Ilhéus cambia la forma en la que se manifiestan sus costumbres, pero éstas son las mismas. No deja de ser un pueblo forjado con la sangre de los primeros coroneles del cacao, y no deja de serlo ahora, que en vez de matarse por tierras, recurren a los duelos y las venganzas por el honor.

Comencé a leer, y pensé que se trataba de una típica novela de amor, en la que la trama se sostendría en tanto que hubiera tensión o una gimnasia absurda de "tira y afloje" entre Gabriela y Nacib: no lo era. Leer sobre los encuentros del puerto y las costumbres de la alta sociedad, me hizo pensar que sería una típica novela costumbrista: no lo era. Jorge Amado saca al lector del, muchas veces, inevitable estado de coma, en el que uno no espera nada que no sepa, y en cambio lo obliga a estar preparado y alerta. Nada se da por sentado, pero la trama se desenvuelve de forma orgánica. Uno se deja arrullar por los sonidos tropicales de una ciudad que no conoce pero que podría estar viendo en ese mismo momento. Recurre a los lugares comunes, a los tropos y personajes del imaginario común para luego hacer con ellos una novela en la que todos son actores en un escenario sin tiempo, un espacio mítico que sólo conoce un tiempo y es el que vuelve a comenzar, una y otra vez, con personajes que son el hilo conductor de una trama deliciosa.


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