EL PÉNDULO DE FOUCAULT, DE UMBERTO ECO

La primera vez que intenté comenzar a leerlo fracasé miserablemente. En las primeras páginas el narrador va y vuelve en el tiempo,cuesta arriba, llena de nombres y sucesos desordenados.

El péndulo de Foucault fue un regalo. Pasados unos meses, me encontré con tiempo y, como el que tiene mil opciones para elegir un postre, no me decidía por ninguno. Desde un rincón de mi estantería estilo bombardeo, en una pila al borde del abismo Eco me llamaba.

Pude leerlo, de principio a fin. Con más calma ahora, releí esas primeras páginas. El error había sido creer que la mención de todos esos personajes junto a muchos y muy variados elementos y conceptos de física, ingeniería y filosofía, eran un examen. Pensé que era necesario buscar cómo funcionaba exactamente el péndulo para poder atravesar las páginas. Tener todo ese conocimiento seguramente hace mucho más rica la lectura, pero yo lo quería leer, no labrar una tesis.

Para superar los primeros dos capítulos (tal vez incluso tres), apliqué el mismo método que aplico cuando leo poesía que no estoy comprendiendo en otro idioma: simplemente continué. Suena horrorosamente herético pero a veces la sonoridad de la lectura (aunque sea lectura silenciosa, funciona igual) es el pequeño resplandor que nos guía a través de la calígine de un estilo hermético.

Asumí que la novela eventualmente llenaría los vacíos. Y me tranquilicé, además, pensando que con Eco igual habría otro montón de lagunas que no llenaría nunca, o incluso celdas vacías que nunca llegaría a saber que estaban vacías. Eco, conocido por recurrir a la cita apócrifa, por ejemplo, habla en distintos niveles a cada uno. El experto comprenderá la referencia, o comprenderá que la misma no existe y apreciará el valor que se le da a ese algo inexistente según la función que cumple en el conjunto de la obra.

Encaré la segunda lectura con más tranquilidad, dejándome llevar por los placeres que otorga una novela larga. Las novelas largas son grandes botes, en los que uno se puede embarcar y dejar llevar por la corriente: cada novela nos lleva a un puerto distinto, y algunas serán rápidos peligrosos, y otras, suaves mecedoras acuáticas. De una u otra manera, hay que dejarse llevar, disfrutar también un poco del viaje sin analizar el texto de forma compulsiva.

La novela está organizada en capítulos que no tienen número o título, sino una de las sefirot, o emanaciones divinas, y que uno llega a conocer avanzada la obra en boca de uno de sus personajes.

Mi intención no es arruinar el final. Diré que es (espero que no desaliente a nadie), una gran novela de teoría conspirativa. Pero tranquilos, antes de que El Código Da Vinci (2003) tuviera a muchos pensando que María Magdalena está verdaderamente enterrada bajo la pirámide del Louvre, El Péndulo de Foucault (1988) traza una obra monumental de concurrencias y supuestos, malintepretaciones y desinformación, labrando la trama de una gran teoría conspirativa que a la vez se ríe de las teorías conspirativas mientras está en el medio de una teoría conspirativa. Por eso se explican las idas y vueltas en el tiempo, el maremoto de nombres, personajes y fechas. Es un gran laberinto, que va y vuelve, y que se ríe de sí mismo y del género. Eco permite a los personajes cierto grado de metatextualidad y lo hace bastante más interesante el repentino giro que toman los hechos.

Opinión personal: es un buen recorrido, no llega a mi lista de favoritos. Una gran lectura para el que gusta de novelas. Como una montaña rusa, tiene sus momentos, algunos se hacen más pesados y otros más vertiginosos, pero es cuestión de avanzar sobre las primeras impresiones y dejarse guiar porque hay varios giros inesperados que valen la pena.

Para tener en cuenta: no compremos todo lo que venden. Pidan fuentes. Cuando miren el próximo documental sobre extraterrestres, tomen el control, párense frente al televisor y griten exigiendo “¡¡FUENTES!!”. Que ya no digan “algunos científicos creen”, no es suficiente. ¿Quién? ¿Cómo? ¿Dónde? Démosle algo de crédito a los egipcios que bastante debió costarles idear y construir las pirámides.


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