Una serie que resucita la desconfianza en el narrador.

"¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia."

Así comienza “El corazón delator”, de E. A. Poe, cuento de 1843.

Varios me habían recomendado ver The OA: una serie de tema fantástico, con algo realista, con algo de ciencia ficción. Dijeron lo suficiente y en las redes vi otro tanto que me animara a darle una oportunidad a 10 capítulos. "Una serie corta", pensé.

Hablar de esta serie sin contar la trama no debiera ser un problema tan grande. En definitiva, lo que intenta decir lo dice a gritos para tapar el hecho de que no tiene mucho que decir. Cada vez son más los que se suben al bote del formato serie y se están descuidando las películas. Las películas son sagas que recaudan millones, y que bien podrían ir a formato serie; y las series son películas a las que les sobran escenas, tomas y diálogos que sólo están para justificar la cantidad de episodios que recorren. Salvedades hay, no todo está perdido.

En este caso, no nos encontramos con algo muy distinto. El balance general no es tan malo como para sentir que el tiempo fue mal invertido. Pero no es, ni con mucho, todo lo que prometían las espectativas.

Definir el género fantástico trazando una línea con un cuchillo tramontina, a lo bruto, entre lo que es ciencia ficción y todo lo que es “del tipo Señor de los Anillos” me parece un intento fútil e inacabable. Los géneros se deben diferencias por temas estructurales, no por cuestiones que competen al tema. Y distinguir el género de ciencia ficción por la presencia de máquinas y tecnología es limitarlo al punto de ignorar esas maravillosas obras que rozan y juegan con ambas categorías temáticas. Star Wars tiene naves espaciales por todos lados pero no se siente como ciencia ficción. Hay ciencia ficción que sucede en el espacio, otras que nunca despega los pies de la tierra. Por eso, y antes de continuar, no quiero dejar de mencionar esta cuestión de géneros que, para The OA, toman una especial relevancia.

¿Es fabuloso lo que sucede en la obra? ¿A través de quién conocemos los hechos? El lenguaje audiovisual tiene, entre otras tantas cuestiones técnicas que lo diferencian de la literatura, una fundamental: el narrador. Nadie nos cuenta que algo es rojo. Lo vemos, allí mismo en la pantalla. Nadie nos narra de forma omnisciente, nadie nos narra lo que otro piensa o siente. Están los recursos de voz en off y otros tanto que compensan una narrativa que el cine tiene, pero distinta a la literaria.

En este caso, la protagonista Prairie (The OA), narra los eventos que le sucedieron antes de regresar a su hogar y haber recuperado la visión (tranquilos, esto va en el primer/ segundo capítulo, no espoileo nada).

Al presente lo vemos. Al pasado lo vemos sólo a través de ella, enmarcado en algo que nos queda muy claro es la narración de esos eventos a su grupo de seguidores.

The OA no hace más que echar mano a un recurso que desde Poe, Herny James y cuántos otros de sXX vemos reelaborado una y otra vez. El narrador confiable de las novelas precedentes se pone en duda y las pequeñas marcas en su discurso nos hablan más acerca del narrador que del evento narrado.

Indudablemente hay hechos que no podemos ignorar: todo indica que esta joven era ciega y ahora no lo es, y que sus padres la daban por perdida pero ahora ha regresado a casa. Hablan de problemas médicos, trastornos psiquiátricos, de una mujer perdida por más de cinco años que ahora vuelve al hogar y todos quieren escuchar su historia. ¿Podemos creer en su historia?

Hay secuencias innecesarias, subplots que no conducen a nada ni aportan nada. Una pasión por “ser actual” que no suma a ninguna discusión de ningún tipo: se desliza el drama de una chica transgénero en el grupo de seguidores, pero cuya condición no altera los factores de ninguna ecuación ni cuyo drama personal tiene intención se resolverse. 

La cuestión del género al que pertenece la serie se aclara, u oscurece, según la vereda sobre la que estemos parados. Si elegimos creerle, podemos dar rienda suelta a la discusión de género fantástico, ciencia ficción, esoterismo. Si decidimos no creerle, vuelve sobre el rol del narrador y la pericia con que los guionistas y directores captaron esa ambivalencia en un formato como éste. No hacía falta diez capítulos. Bien podría haber sido una película que hiciera gala del arte de la brevedad que es el cine y dejarnos con la pregunta: ¿creemos o no creemos?

 

"Al menos puedo pintar, aunque sospecho que los médicos se ríen a mis espaldas, como sospecho que se rieron durante el proceso cuando mencioné la escena de la ventana. Sólo existió un ser que entendía mi pintura. Mientras tanto, estos cuadros deben de confirmarlos cada vez más en su estúpido punto de vista. Y los muros de este infierno serán, así, cada día más herméticos."

Así termina El túnel, de Ernesto Sábato, novela de 1948.


Comentarios

22 de marzo, 2018

Leandro

Muy buena reseña. Es cierto esto de los formatos de serie modernos. Cada vez más a menudo nos encontramos con series innecesariamente largas que bien podrían haber sido excelentes películas.

22 de marzo, 2018

Eugenia

Para pensar! Excelente reseña


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